Un proyecto del colectivo Color Tierra
Atreverse a realizar una intervención permanente en el espacio público siempre encontrará su principal desafío en lograr sostener un diálogo armónico con el entorno. Coherencia y cohesión -tanto a nivel visual/sonoro como de usabilidad- son dos factores que resultan determinantes al momento de evaluar la pertinencia de una obra vertida en las calles, y que pueden ir puliéndose a medida que se conoce y se entiende más profundamente el lugar donde se lleva a cabo. Este es uno de los elementos centrales que destaca en el proyecto Suelares con
pinturas de tierra: fomentando la identidad local a través de los colores del territorio, que interviene tres canchas de Olmué con diseños elaborados en base apigmentos minerales.
Sus creadoras, el colectivo Color Tierra, formado por Nahikari Begoña, artista multidisciplinar, y Carla Valenzuela, arquitecta, llevan más de diez años investigando las posibilidades artísticas que entregan los colores minerales del territorio que habitan, Las Palmas de Olmué y sus alrededores. En este último proyecto decidieron ir un paso más allá y transformar la tierra de los lugares intervenidos en parte misma de su infraestructura pública.
Habitar el paisaje
Olmué es un pueblo reconocido por ser la puerta de entrada al Parque Nacional La Campana, así como por su ritmo de campo asociado a valles y cerros que hanpermitido el desarrollo de oficios vinculados a la tierra desde tiempos antiguos. Sin embargo, en los últimos 20 años, se ha intensificado notablemente el proceso de urbanización de la vida rural, cambiando su configuración y su paisaje.
En ese contexto, el reordenamiento territorial para fines residenciales dio pie a proyectos urbanísticos de construcción de plazas, canchas y zonas de juego que, en lugar de destacar y potenciar las características locales de cada sector, terminaron por homogeneizar estructuras, colores y formas de relacionarse con los lugares de uso público. Asimismo, ante la falta de políticas de restauración y también de organización comunitaria, muchos de estos espacios están actualmente en estado de deterioro y/o de abandono, dejando de ser puntos de encuentro y de recreación para estos barrios.
Traer la tierra de quebradas, cerros y distintos rincones del valle que rodean a estas canchas de Lo Narváez, Granizo y Quebrada de Alvarado, y luego convertirlas en pinturas para suelo es una propuesta que nos invita a repensar elmodo de habitar los espacios comunitarios. A partir de terrones recolectados en los mismos sectores, se crearon más de 20 colores con los que luego se pintó sobre el hormigón diseños elegidos por sus habitantes. “Con este proyecto, Color Tierra logra que las tres intervenciones sean una continuación del paisaje, siendo reflejo de la dentidad de cada localidad al haber sido creadas en instancias donde los vecinos pudieron decidir qué elementos los representaban y qué querían ver en su propia cancha”, señala Josefina Andreu, directora de Metro21, galería de arte urbano que ha asesorado y apoyado esta iniciativa.
Mientras que en Quebrada de Alvarado se pintó un chagual, planta endémica de Chile que identifica la vida en este sector campesino, los vecinos de Granizo se decantaron por plasmar el impresionante cordón montañoso que les rodea junto a las palmas nativas que caracterizan al territorio. Por su parte, en Lo Narváez decidieron honrar a uno de los guardianes más antiguos de la cancha, un viejo pimiento que ha sido testigo del nacimiento y fortalecimiento de su vínculo barrial. Así, estas pinturas locales con pertenencia territorial no solo subrayan las
diferencias de cada lugar, poniendo en valor sus particularidades, sino que también portan una historia que nos habla del Tiempo: el presente y las comunidades que reconocen sus propios paisajes en sus pies, y el pasado antiguo, con las capas minerales a la vista sobre el cemento. A través de los colores, la tierra vuelve a su lugar, esta vez en suelos que sostienen el encuentro, el juego y el cuidado diario de sus mismos habitantes.
Pinturas de tierra de alto tráfico: independencia, sustentabilidad e innovación Un elemento clave en el trabajo artístico de Color Tierra es la manufactura de sus propias pinturas. Investigar el territorio, buscar y recolectar de forma respetuosa los terrones, procesar junto con el agua y obtener los pigmentos son parte de las etapas necesarias para lograr un material de calidad.
“Hacer las propias pinturas desde cero es como volver al origen, independizarse de la industria y generar uno mismo los medios para poder crear”, cuenta Ítalo Palacio Esquivel, pintor de oficio y artista urbano dedicado al graffiti y los suelares, quien trabajó codo a codo junto al colectivo pintando las tres canchas.
“Transformar la tierra en pigmento, crear los colores y, de eso, hacer una obra, me pareció fabuloso y muy novedoso, nunca había participado pintando con colores de tierra. Técnicamente, tienen muy buena pigmentación, corren bien al momento de aplicarlas, son maniobrables y tienen buen rendimiento”.
La elaboración de las pinturas para piso requirió de un intenso proceso previo de investigación y testeo, donde las artistas hicieron pruebas en terreno pintando una cancha ubicada en Limache, en la junta de vecinos Palmira Romano. Allí pudieron determinar qué tierras reaccionaban favorablemente al aglutinante escogido -una base de alto tráfico al agua-, las diferencias entre aplicar o no un puente adherente y cómo se comportaba el material a partir de distintas marcas y combinaciones, dando como resultado una mezcla que lleva el 50% de pigmento mineral. A su vez, este lienzo de ensayo les ayudó a tener en cuenta el tipo de suelo –lisos y brillantes, porosos y opacos– y su disposición a la herencia de los colores, información crucial a la hora de proyectar y visualizar la manera de ejecutar los diseños.
“Creo que la innovación en materialidades y procesos es muy importante en el arte urbano, porque amplía las posibilidades y abre nuevas ormas de relacionarse con os lugares donde se crean las obras. Lo que muestra Color Tierra es que se puede investigar, desarrollar y fabricar el material con el que se trabaja y eso es una puerta abierta para que otros también lo hagan, cada uno desde su propio lugar y lenguaje”, detalla Josefina Andreu y añade. “Es un nicho de investigación en desarrollo y un aporte real al rubro, porque si bien se usan pigmentos naturales en el arte y revoques de tierra en la bioconstrucción, no existía hasta ahora una pintura de alto tránsito formulada con tierras locales para obras en multicanchas”.
Manufacturar pinturas que traen de vuelta la naturaleza a espacios comunitarios despliega diversos desafíos y variadas preguntas, entre ellas, una sobre la importancia del color. ¿Qué significa para la calidad de vida de las personas encontrarse en la calle con tonalidades que armonizan con su paisaje natural? o ¿qué genera la homogeneización cromática en plazas, parques de skate y áreas recreativas infantiles? Por otro lado, con el uso de pinturas industriales, ¿qué riesgos se corren, a quiénes afecta y cómo impacta al territorio? “En todo lugar donde hoy se usa pintura sintética por defecto hay espacio para preguntarse si el material podría venir del mismo territorio donde se aplica. Me parece que el valor de esta propuesta es justamente abrir una discusión en el arte urbano sobre de dónde vienen los materiales con los que trabajamos, pregunta que también es importante para la arquitectura, el diseño y el urbanismo”, cierra Josefina Andreu.
Utilizar materiales naturales para intervenciones pictóricas en sitios públicos es una invitación a profundizar en los orígenes de las expresiones artísticas como, por ejemplo, los usos ancestrales de la tierra y la forma en que dialogaban permanentemente con el territorio que permitía la práctica. Al mismo tiempo, estos suelares nos muestran que la combinación de pigmentos minerales con tecnologías contemporáneas -como lo es una base de alto tráfico- posibilita la
fabricación de pinturas más sustentables de alta calidad y que son extensibles a otros formatos, lienzos o soportes urbanos.
De esta forma, la amplia paleta cromática del territorio puede llegar a distintos rincones citadinos y rurales, y también a personas de todas las edades, alejándose de prejuicios que asumen que trabajar con materialidades de la naturaleza significa obtener resultados pocos profesionales o rudimentarios. Como todo oficio que se desarrolla a partir de la unión de la tierra y el agua, sus ritmos son más pausados, pues se requiere de tiempo para la exploración y la experimentación. Esto nos habla de procesos cuidados, donde el respeto por los ciclos y los momentos oportunos para la ejecución de cada labor es indispensable.
Llevar las tonalidades del paisaje a una cancha de barrio es un recordatorio de que la tierra está presente bajo el cemento, sosteniendo, custodiando y permitiendo que la vida se despliegue en cada recoveco de nuestros pueblos y cuidades. Encontrar el arcoíris escondido a plena vista entre los cerros y los valles que nos rodean es el sencillo pero mágico regalo reservado para quienes saben detenerse y observar más allá del evidente color marrón de la tierra.





































